Hat-Hor-WAVe
Cuando la frecuencia se convirtió en camino
El origen de Hathorwave
El nombre Hathorwave no nació de un concepto, sino de una visión. Yo sabía que este proyecto no podía tener cualquier nombre. Tenía que resonar con algo más grande que yo: con mi camino, con mis memorias, con lo que el alma ya recordaba.
Desde siempre he sentido una conexión profunda con la energía de Horus, con su mirada aguda, su visión clara, su propósito solar. Pero no quería que el proyecto llevara su nombre directamente —quería algo que lo contuviera, que lo sostuviera, que lo envolviera con la suavidad y la fuerza del principio femenino. Entonces apareció ella: Hat-Hor.
Su nombre, literalmente, significa “La Casa de Horus”. Y eso fue para mí una revelación. No era solo su compañera: era el templo que lo guarda, la vibración que lo sostiene, la frecuencia que lo potencia.
Durante mi primer viaje a Egipto, sentí un reconocimiento inmediato al entrar en el Templo de Edfu. No era una visita: era una vuelta a casa. Lo confirmé más adelante, en una regresión donde apareció con claridad que allí ya había estado, que ese templo había sido parte de mi linaje espiritual.
También tuve una experiencia profundamente transformadora con la energía de Sekhmet —intensa, cruda, sanadora— que me dejó marcado. Por eso Hat-Hor, que también es Sekhmet, representa para mí la integración de todas esas vivencias. Ella es ternura y fuego. Es belleza y poder. Es la guardiana de las puertas y la que empuja a cruzarlas.
Y así, Hathorwave se convirtió en un proyecto que no solo honra mi historia, sino que la trasciende.
Una vibración que se expande
La palabra wave llegó después, pero no fue menos importante. Sentí que Hat-Hor no venía sola. Venía con algo que se mueve, que vibra, que se expande.
Wave es la onda, la vibración, el impulso que atraviesa todo sin necesidad de forma.
Es energía en movimiento.
Es lo que viaja más allá del tiempo y del espacio, lo que resuena en quien está listo para escuchar.
Así es como veo este proyecto: como una onda expansiva que nace del corazón de estos tres arquetipos —Hat-Hor, Horus y Sekhmet— y se despliega para alcanzar a las almas que están en sintonía.
No es una marca.
No es un método.
Es una frecuencia.
Y esa frecuencia, cuando te toca, no te deja igual.
Despierto en la Casa de Horus para recordar lo que el alma ya sabe.
Y quién soy yo...
Durante años busqué el camino correcto. Caminé descalzo, clavé cristales, atravesé relaciones, pérdidas y silencios… y entendí que no hay nada que no se supere cuando decides mirarlo de frente. Lo que parecía dolor se transformó en dirección. Lo que parecía caos, en mapa.
Desde siempre sentí una conexión profunda con lo espiritual, pero fue Egipto lo que encendió algo ancestral en mí. No fue una moda ni una curiosidad: fue un reconocimiento. Desde niño, sentía que allí estaba algo que no sabía explicar. Y fue en 2019, cuando organicé mi primer viaje privado a Egipto, que todo cobró sentido. Visitamos templos de forma íntima, hicimos meditaciones y ofrendas, y en el Templo de Edfu algo en mí se activó con fuerza.
Mi camino no empezó con títulos, sino con necesidad. Con ansiedad, colon irritable, una relación tóxica, el duelo de mi padre, el cuerpo bloqueado, la mente en bucle. Fue entonces cuando decidí escucharme. Me fui solo a Fuerteventura, buscando silencio, y ahí empecé a meditar, a sanar mi relación con lo masculino, a formarme en Reiki, en registros akáshicos, en sonoterapia, en aceites sagrados… y a reconstruirme desde dentro.
La respiración me dio un empujón. Un reencuentro con mi cuerpo que no esperaba y que necesitaba más de lo que imaginaba. Me había volcado tanto en ayudar a los demás, en sostener procesos, en estar disponible, que sin darme cuenta había dejado de sentir. Estaba todo el tiempo “haciendo” —pero no respirando. No me habitaba.
Fue a través del breathwork que empecé a abrir grietas suaves en esa coraza que se había formado alrededor de mi pecho. Grietas por donde entraba el aire… y también las lágrimas. Volver a respirar fue volver a mí. Sentir el pulso de mi alma en el diafragma. Escuchar lo que el cuerpo tenía que contarme sin que yo le exigiera nada.
La respiración no vino a salvarme, sino a recordarme.
A recordarme que no tenía que cargar con todo.
Que podía soltar. Que podía temblar. Que podía llorar.
Y sobre todo… que podía volver a confiar en mi ritmo.
No me considero maestro, ni gurú. Solo soy alguien que atravesó el fuego y decidió quedarse del otro lado. Alguien que sabe lo que es no tener respuestas, y también lo que se siente cuando el alma empieza a recordarlo todo.
Mi regalo soñado
La vida me regaló la oportunidad de participar en el proyecto arqueológico del visir Amenhotep Huy. Un sueño que jamás imaginé cumplir. Allí viví experiencias que no puedo explicar con palabras. Estar presente en esa excavación fue como estar dentro de un templo vivo. Cada capa de tierra removida traía consigo una memoria, una vibración, un eco antiguo.
Fue una maestría.
Una enseñanza silenciosa.
No solo observaba historia: la sentía pasar a través de mí.
Por eso hoy acompaño procesos con tanto respeto hacia mi amado Egipto. Porque no lo hago desde la teoría ni desde una moda espiritual. Lo hago desde el cuerpo que tembló en sus templos, desde los ojos que lloraron en silencio al tocar sus muros, desde el alma que reconoció sus símbolos como propios.
Bienvenido/a a Hathorwave







